viernes, 28 de febrero de 2020

Aquí y ahora, consciente de la muerte



Acompañar la vida hacia la muerte en sus últimos alientos oprime el pecho. Lo oprime porque, justo en esos momentos te das cuenta de lo rápido que pasa todo, que cada inhalar y expirar requiere de un esfuerzo del que, por natural y habitual, no somos conscientes, que inhalar y expirar requiere un esfuerzo que en la recta final ya no se siente.




Mi gato, mejor dicho, Kwassi, porque de hecho él no era de nadie, ha fallecido. Vivió libre. Una libertad real. La libertad para entrar y salir, comer y beber, dormir o copular, o pelearse con los otros gatos del barrio. La libertad de disfrutar de las caricias y la compañía de los humanos de la casa. Siempre lo recordaré por su ternura, por sus maullidos expresivos, por enseñarme algo más en la vida.



No es el primer animal que se me muere, tampoco el primer gato. Los recuerdo a todos: Flor, Duna, Marsitoni, Bast, todos diferentes pero grandes protectores de sus hogares.


Enterraremos a Kwassii en La Solana junto a Glaç, un persa aristócrata de actitud poco gatuna. Dos polos opuestos. Kwassi fue el primero que decidió escoger nuestra casa como hogar. Lo vimos cazar y comer los ratones que se atrevían a explorar nuestra alhacena, lo vimos volverse loco con el celo y desaparecer días enteros, para vivir aventuras de las que volvía con heridas y señales de reñidas batallas.


 






Todos los animales somos maravillosos. Somos sabiduría pura, instintos, magia evolutiva. Eso se siente con otros animales cerca, y Kwassi era el mejor ejemplo. Le daré un último mimo, un último abrazo, y lloraré con tristeza, le agradeceré haber podido disfrutar de su presencia...




 Aquí y ahora, siempre conscientes.














 


miércoles, 9 de octubre de 2019

Vida de pueblo: The Silent Route




Para ella, en recuerdo a su viaje
Para él, porque vives esta tierra desde dentro.   
He conducido por La Ruta Silenciosa. Conducir es una de mis contradicciones conscientes. Disfruto de curvas y carreteras lentas, de recodos inimaginables, de sacar el brazo por la ventana para sentir el sol y el viento, como el anuncio de ese coche pero mejor, en tu piel, en tu pelo.
En la furgo, Carmen y Kike me acompañaban delante. La soledad y quietud de las atalayas del Maestrazgo se rompía con sus voces y poemas. Recitaban y entonaban canciones antiguas que habían aprendido con sus padres, de pequeños. Son hermanos, amantes de las letras, de los libros y novelas. Son los dos vecinos, amigos de mi vida nueva. En los asientos de atrás, como siempre, mis hijos observaban el movimiento del paisaje tras sus miradas y pocas quejas.

Hemos recorrido juntos La Ruta Silenciosa parándonos en pueblos pequeños, en aldeas, en capitales de comarca, donde hemos almorzado en familia en un comedor casero de ocho mesas. Hemos visitado sitios turísticos y arreglados, con las piedras de las paredes bien colocadas y dispuestas. Hemos estado en lugares en ruinas por la guerra, por el abandono, por la huida del campo a la ciudad, de la comida a la moneda. Nos hemos entristecido por la despoblación, por las escuelas tapiadas, por los negocios más vacíos y las puertas cerradas de caserones, ocupados por veraneantes que se volvieron a su faena.
He disfrutado de parajes, de verde, de azul cielo, de sol, de montañas, de campos, de las altas muelas, de pinos, abetos, carrascas y, trozos de campo ocres porque llueve poco y se secan. He disfrutado del Maestrazgo de Teruel, porque soy una enamorada de la naturaleza, del entorno, de la realidad visual y de la belleza. Y hoy que es un día gris y fresquito os presento este vídeo del paseo por The Silent Route, un recorrido circular desde donde vivo al corazón de esta tierra.

Espero que te guste Carmen…

Cristina Castellote 6 de sept de 2019

Sostener el planeta: la copa menstrual

 
2011 fue un año de muchos cambios. Compramos nuestra finca donde cumplir los sueños y empecé a usar mi copa menstrual. Desde entones no soy capaz de usar una compresa o tampón. Bueno, si que he sido capaz, y os puedo decir que fue horroroso, porque tuve picores y malestares sin parar con las compresas y porque el día que me tuve que poner un tampón pensaba que lo perdía... Y no lo pasé mal solo por la incomodidad de su uso, sino por el mal rollo de tirar a la basura un residuo que se quedará demasiados años en el planeta. En este vídeo os presento las ventajas de tener un kit sostenible para nuestra menstruación, porque la regla es un regalo y cada vez que la tengo me siento y, soy consciente de mi cuerpo un poco más.
 

miércoles, 2 de octubre de 2019

Sostener el planeta: ¡Cuida las abejas!



 

Mi pequeño homenaje a las grandes polinizadoras del planeta. 
Las abejas son insectos pertenecientes al orden himenóptero. La polinización es el transporte de polen desde la parte masculina de una flor hasta la parte femenina. El viento arrastra el polen en las flores que solo tienen órganos femeninos, pero la gran mayoría de veces el polen va de una flor a otra enganchado en las patas de los insectos voladores, y las abejas son expertas debido a la gran cantidad de flores que visitan. Cuidemos su entorno y hagamos su vida más fácil, de esta manera mimamos nuestra huerta y nuestro futuro alimento. Este vídeo son mis historias publicadas el 6 de septiembre de 2019 en las redes sociales de @lasolana_campoyvida

martes, 13 de agosto de 2019

Vida de pueblo: El antiguo lavadero



El antiguo lavadero de Castellote es una parte importante en mi vida de pueblo. Mi casa queda justo delante y por tanto, disfrutar de él es fácil. Durante un tiempo fui consciente del sonido del agua que corre. Brota de los chorros del manantial y llena las balsas hasta que el sobre, cae huertas abajo. Ahora no escucho el fragor del agua. Si paro, oigo su continuidad, su constancia, ese ruido vago y sordo que produce la pureza transparente al caer a las rocas. 

Me gusta lavar en él, sentir el agua en mis manos, fresca en verano, templada en invierno, aunque realmente no cambie de temperatura, somos nosotros, nuestra piel y la sensación térmica la que nos hace notar esas variaciones tan agradables. Me gusta mojar la tela, empaparla y frotar con la pastilla de jabón casero, un ritual que me transporta a pensar siempre en ellas, en las miles de mujeres diferentes que han lavado ahí. Por que el antiguo lavadero de Castellote tiene muchos años de historia. El arco del alto medievo se construyó para guardar el agua que salía. Limpia y clara, corre por una canalización excavada en la piedra hasta llenar las dos piletas del ritual. La primera, el aclarador, es un pilón más pequeño que el segundo, donde sacar el jabón a la ropa es tarea rápida y sencilla. El segundo, es el fregadero donde se lava la ropa, se frota, se limpia. El agua fluye desde la salida del manantial a los pilones y del segundo a la balsa exterior, aguadero para palomas y pajaritos de nuestro barrio alto, abrevadero para animales en tiempos pasados y punto inicial para el riego de las huertas del pueblo, pequeños campos que se presentan en bancales en la loma de nuestra montaña y, se bañan y nutren con este agua bendita. La bajada natural se aprovecha y las callejas presentan un encaje de tajaderas para que todo quede regado y el agricultor y familia, alimentado. 





















Puedo imaginarme a ellas subiendo por allí con sus baldes llenos de ropa, a diario las que tenía trupe en casa, a veces por las noches cuando los niños dormían y él estaba en casa. Puedo pensar en que todo era mágico, como para mí ahora, pero seguro que cuando llegaban a la escalera de piedra que da a la puerta del lavadero, el cansancio se mostraba como signo de tiempos pasados, donde el esfuerzo era parte de la supervivencia del día a día. Allí, en lo alto, la reunión de tantas y tantas generaba un murmullo incesante. Arrodilladas, al principio y durante siglos, lavaban y hablaban, contaban historias, cotilleos, noticias tristes y alegres que ayudaban a pasar el rato. Las conversaciones serían a veces banales, otras intensas, secretos y pensamientos en voz alta que limpiaban ropa y alma. Seguro que había días de silencio, por algo gordo y triste que hubiera pasado. Seguro que corrían niños, detrás de sus madres, jugando entre las piernas agachadas de esas mujeres que frotaban las prendas sobre las piedras. El lavadero resuena, resuena en femenino por que ellos no lavaban. Resuena por el movimiento del agua, por el movimiento de brazos fregando, de manos estrujando las telas antes de tenderlas en lo alto. Resuena vivencias, resuena sororidad y compañerismo. 



En el antiguo lavadero de Castellote los capazos de mimbre se llenaban de ropa mojada y limpia, que salpicaba alegremente en verano y empapaba tristemente en invierno. Los baldes y barreños, se regalaban en las bodas, y el mimbre dio paso al latón para morir todo en el actual plástico.
Mi casa es parte de esa zona, mi vida de pueblo está ligada a ese lugar que un día fue sitio de encuentro y reencuentro, de secretos y disputas. En mi cruzada hacia la autosuficiencia y sostenibilidad decidí lavar allí la ropa, de no usar lavadora ni jabones comerciales. Duré poco. Sin tener todavía a mis hijos, limpiar la colada me suponía un tiempo largo y tedioso, una manera de escurrir las horas entre camisetas y pantalones. Pronto desistí, entendí la lavadora y la aprecié muchísimo más. Ahora no hay semana que no lave manchas, cosas pequeñas, mantas o manteles... lo que quiera frotar y disfrutar, por que para mí y mis hijos bajar al lavadero es un juego. Cogemos el agua para beber a diario, en su punto, fresquita en verano, atemperada en invierno. Sentimos la historia del lugar en sus piedras, el asombro de los que lo visitan y descubren, el placer de explicar las virtudes de este lugar maravilloso.
 

Ya no se lava arrodillado. Las mejoras de los años sesenta rebajó el suelo para levantar las piletas, construyó un lavabo encima de la balsa exterior y mejoró la calidad postural del que lavaba. Hubo otros cambios pero todo se me pierde en lo que me cuentan unos y otros. Yo he conocido el lavadero actual, después de la reforma del 2008 por la expo del agua de Zaragoza. Me dicen que las piedras donde se frotaba eran muchos mejores, que las de ahora no valen nada, pero las viejas estaban gastadas por los años, por el uso y, el cambio era necesario y a mí me encanta. Me dicen que los palos de tender para escurrir eran más cómodos y accesibles, pero a mí los actuales travesaños de madera me parecen bonitos y geniales. Me dicen que se hacía cola para lavar, que había momentos que te tenías que esperar porque no tenías hueco y que el lunes era el día, que las que cuidaban casas de peluqueras y modistas, subían a lavar coladas ajenas y a charrar entre ellas, para saber quién había estado con quién ese fin de semana y explicar que había pasado en el pueblo... Me dicen que siempre estaba lleno, menos el domingo, que aquí vivía muchísima gente del campo y la mina, del ganado, del esfuerzo diario de toda la familia. Ahora nadie sube al lavadero, vivimos pocos, cada vez menos. Ahora Rita lo visita con turistas y Javier con los niños de los campamentos. En verano, los vecinos que pasan sus vacaciones bajan a buscar agua. El resto de año parece mío, nuestro, integrado en mi momento y en el entorno. Un lugar, que si la sequía y el cambio climático lo permiten, manará agua para la vida durante mucho tiempo, para refrescar al sediento, para regar la huerta y al hambriento...

 


















Doy las gracias a todas las personas que han dedicado algún minuto de su vida en explicarme sus vivencias. Cada vez disfruto más de ello, de las historias humanas y de pueblo. Gracias Carmen la decidida que a sus 95 años me explicó sus recuerdos; a Luisa con su huerto de la parte baja que fue quien me contó que las piletas son las originales y lo único que se hizo fue rebajar el suelo para no tener que arrodillarse; a Rosa por el "si yo te contara" y hablar conmigo sin parar de pasado y presente; a Mari Paz por la foto del año 2000; a Rita por su sonrisa y llevarme hasta su abuela. La historia de las auténticas mujeres rurales no se puede borrar y, mientras pueda, escribiré sobre ello.

domingo, 4 de agosto de 2019

Crianza: Niños, alimentación y cocina

En casa pasamos la mayor parte del día en la cocina. Preparar, cocinar y comer cuando tienes hijos pequeños es una de las funciones más importantes del día. Si a eso le sumas que nos gusta llevar una alimentación saludable, que compramos el mínimo de alimentos procesados y, que adoramos cultivar nuestra huerta, nuestra cocina acaba siendo territorio familiar. 




Educar en la buena alimentación
 
En las escuelas se ha olvidado enseñar el valor por la comida. Deberíamos enseñar nutrición, una adecuada manipulación de los alimentos y nociones de agricultura. La máxima “somos lo que comemos” debería estar gravada en colegios y cocinas.

Esta afirmación proviene de la frase «el hombre es lo que come». Ludwig Feuerbach, filósofo y antropólogo alemán escribió en 1850 en su libro "Enseñanza de la alimentación" el párrafo:  "Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come".
Este pensamiento filosófico de hace más de 150 años, fue escrito en un texto ateo donde se quería decir a la iglesia que no solo se debe alimentar el alma con creencias, sino también se debe alimentar el cuerpo con buenos alimentos. En la actualidad existen nutricionistas investigando y divulgando la cultura del buen comer y que demuestran que comer nutrirse bien desde pequeños es básico para el bienestar y salud futura. Os dejo un par de buenos nutricionistas y dietistas y el enlace interesante a un documental:  




Qué hemos hecho en casa

La alimentación de mis hijos ha sido para mí un tema preocupante desde el principio. Tenía claro que quería iniciar la relación con la lactancia materna. Con el primero la experiencia empezó de manera dolorosa  y de repente un día finalizó. Con mi segunda hija hemos vivido una lactancia prolongada de 42 meses, con un final feliz. Ninguno de los dos han tomado ningún biberón. Los dos han tomado bebidas vegetales desde los seis meses y, desde el año han bebido leche de vaca. También, los dos siempre han bebido en vaso, dando la confianza que se merecen y así evitar el uso de otros plásticos innecesarios.

Con ellos tampoco usé ni triturados ni purés. Conocí la técnica del Baby Led Weaning (BLW). Leía constante información sobre crianza respetuosa y el método de ofrecer alimentos enteros a los bebés y me pareció una oportunidad saludable de iniciar a los niños en el mundo de la alimentación. Nos tenemos que alimentar toda la vida y por eso es fundamental empezar en ella con buen pie. En casa hemos sido constantes, hemos respetado ritmos y hemos creado pautas saludables en la alimentación.
No podría decir cuantos meses tardamos en comer todos lo mismo, pero la transición fue rápida y pronto nos sentábamos todos en la mesa a disfrutar de la misma comida.
¡Una alegría para el que cocina y una bonita manera de compartir en familia!. 






Qué hacemos en casa
 
No comemos con la tele, ni con la tableta ni con los móviles en la mesa. En casa es normal comer y cenar todos juntos. Nosotros, los padres, hemos modificado horarios y trabajos para que el rato alrededor de la mesa sea conciliador, educador y acabe uniendo a la familia.

Ellos, mis hijos de 3 y 5 años, acaban pasando largos ratos en la cocina. Se levantan por la mañana y se preparan su desayuno. Cada uno se mezcla en su vaso: la leche, los cereales y el cacao que más les gusta y con paciencia e inevitablemente limpieza, consigo que ese rato sea agradable e instructivo.

Confiar en los niños les ayuda a no tener miedo en aprender, en investigar, en lanzarse a cualquier nueva aventura.


Cocinar con niños a partir de los dos años y medio, una vez que no has levantado barreras, llega de manera natural. Muchos días después del colegio, o alguna tarde de un día de fiesta, mis hijos comparten, participan y colaboran en la elaboración de platos, masas o tartas. De momento siempre dirijo la orquesta. Llevo la batuta para conseguir el éxito esperado. Soy paciente y consciente con los dos niños. El mayor es ordenado y limpio. Se coloca su delantal y se lava bien las manos, y es feliz cogiendo lo que se necesita de la nevera, disfruta limpiando las verduras, o me acerca los utensilios de cocina como si fuera el mejor ayudante de chef del mundo. La pequeña se coloca también su delantal y suele sentarse en la silla, cerca de mí, para poder mezclar, probar los alimentos en crudo y cortar, asombrosamente bien, los ingredientes necesarios para la receta. Para que todo salga bien, las dosis de amor y respeto no pueden faltar.

Porque educar en la cocina nos da las herramientas necesarias para aprender salud y nutrición. Nos enseña paciencia, manipulación, precisión, orden y limpieza. Nos da las bases para que la relación con la comida saludable sea para toda la vida.

Y en casa, ¿tenéis una buena relación con la comida?





Crianza: Lactancia, destete y sostenibilidad

En la Semana Mundial de la Lactancia Materna os voy a hablar de mi experiencia personal.
No soy asesora de lactancia. No soy enfermera. No soy psicóloga ni pediatra, pero soy madre, mujer que cuando se quedó embarazada tuvo clara la necesidad de establecer una lactancia materna prolongada con su hijo, con sus hijos, hacer tándem si hacía falta y dar teta hasta que el niño lo dejara solo, sin forzar, sin prisas. Rogué en mi cesárea hacer un piel con piel, que me desataran las manos y tocar a mi bebé. Me dejaron, y seguro que ahora, solo seis años después, ya no lo ven como algo raro. Rogué que me lo pusieran a la teta, pero eso por suerte ya es una práctica habitual en todos los hospitales españoles y, antes de que pase la primera hora de vida del niño, te lo acercan para mamar. Ellos se enganchan al alimento, al olor reconocido, a ti, porque no conocen, ni quieren, todavía aprender nada más.



En total estuve cinco años dando teta. A Noam hasta los 13 meses, con destete voluntario por baja producción, estaba embarazada de su hermana. Con Úrsula hasta los 42, un destete por agitación, por agotamiento materno, por noches sin dormir y días pegados en la teta. Mi lactancia ha sido dura, pero preciosa, única, lo mejor que les he dado a mis hijos y a mí misma.

Empecé con unas grietas salvajes y dolor en cada toma, siempre por mala postura, por usar un cojín de lactancia que no era adecuado. Después mi mayor, con algún diente desde los cinco meses, me mordía y tenía tomas de verdadero pánico. Luego vinieron lágrimas, porque un día decidió dejar de mamar para siempre, porque el beneficio que le producía no compensaba el esfuerzo que debía hacer. Nació mi segunda y aunque nunca hubo grietas, si perlas de leche. Me las pinchaba en casa, como me enseñó la matrona en su consulta. Ella es una niña de alta demanda, así lo llaman. Ella de bebé era de llantos prolongados, malestares y brazos continuos. Todavía arrastra este inconformismo, se cansa antes, pide más. El porteo me salvó y las horas de teta fueron espaciándose poco a poco. Pero con tres años todavía mamaba a libre demanda. Yo ya no podía más. Mentalmente me mataba cada vez que se acercaba a pedir teta. Empecé a evitar sentarme para que no se subiera a mi falda porque no sabía, ni quería, decirle NO pero mi cuerpo y mente lo deseaba. Fue el verano pasado y lo recuerdo estresante. Al final, decidí y conseguí el destete diurno y solo tomaba por la noche. Hubo rabietas y enfados, lágrimas y malos ratos. A los pocos meses, después de que ella pasara un largo resfriado y, de no dormir durante unas noches, hice el destete nocturno. Mi persona, y la madre que quería ser, tranquila, dialogante, pacífica y comprensiva, lo necesitaba. Lo hablamos juntas, pero ella se negaba a entender y, al final fueron solo dos noches malas. La primera entre sus llantos y rabieta de incomprensión, la cogí en brazos, nos pusimos de pie, y jugamos un rato juntas. La segunda noche también lloró, pero fue diferente, ella ya comprendía, un abrazo fuerte fue suficiente. El final fue bonito, fue amistoso y feliz, y enviamos la leche a la primita que estaba a punto de nacer.
Hoy, ahora, hay días que ella besa mis tetas. Las echa de menos, lo sé. Yo estoy, siempre estaré, pero el vínculo de la leche templada es fuerte y deseado. Hay algún momento que la aúpo como un bebé y ella hace que mama. No me entristece, me apasiona este recuerdo vivo de nuestros momentos juntas no se borren y perduren.

La teta ha sido comida, chupete y amor para mis hijos. Han sido brazos, horas de conexión y de cohesión. Ha sido silencio. Ha sido frío porque he tetado muchísimo en el campo. Ha sido calor para ellos, por estar cerca de mí, por contacto. Ha sido lo mejor para su salud, para la mía, para el planeta. Dar teta es sostenible y, aprender a prescindir de la cantidad de objetos que te quieren vender cuando tienes un bebé, es todavía más sostenible. Compré dos chupetes, pero no se usaron ni un mes seguido. No he usado biberones, ya que hice de la teta al vaso. He evitado lo evitable, lo innecesario, porque cada vez soy más consciente que la infancia sostenible es posible, y de la sección bebés de cualquier super se puede huir corriendo.

Saludos saludables.




Os aconsejo seguir vuestro instinto, informaros con asesoras de lactancia, con vuestra matrona. Leed libros sobre los beneficios de la leche materna, de los beneficios para la madre y para el bebé. Os empodero para que no tengáis miedo, para que hagáis lo que hagáis será lo correcto, porque no hay mejor madre para un hijo que la suya, porque no hay mejores personas durante la infancia que nuestros padres, seres perfectos que cuidan, quieren y miman y, si esto se hace desde el amor incondicional da la fórmula mágica para crecer sano y estable psicológicamente...

Suerte en vuestra lactancia y crianza.

Aquí y ahora, consciente de la muerte

Acompañar la vida hacia la muerte en sus últimos alientos oprime el pecho. Lo oprime porque, justo en esos momentos te das cuenta de lo...