martes, 13 de agosto de 2019

Vida de pueblo: El antiguo lavadero



El antiguo lavadero de Castellote es una parte importante en mi vida de pueblo. Mi casa queda justo delante y por tanto, disfrutar de él es fácil. Durante un tiempo fui consciente del sonido del agua que corre. Brota de los chorros del manantial y llena las balsas hasta que el sobre, cae huertas abajo. Ahora no escucho el fragor del agua. Si paro, oigo su continuidad, su constancia, ese ruido vago y sordo que produce la pureza transparente al caer a las rocas. 

Me gusta lavar en él, sentir el agua en mis manos, fresca en verano, templada en invierno, aunque realmente no cambie de temperatura, somos nosotros, nuestra piel y la sensación térmica la que nos hace notar esas variaciones tan agradables. Me gusta mojar la tela, empaparla y frotar con la pastilla de jabón casero, un ritual que me transporta a pensar siempre en ellas, en las miles de mujeres diferentes que han lavado ahí. Por que el antiguo lavadero de Castellote tiene muchos años de historia. El arco del alto medievo se construyó para guardar el agua que salía. Limpia y clara, corre por una canalización excavada en la piedra hasta llenar las dos piletas del ritual. La primera, el aclarador, es un pilón más pequeño que el segundo, donde sacar el jabón a la ropa es tarea rápida y sencilla. El segundo, es el fregadero donde se lava la ropa, se frota, se limpia. El agua fluye desde la salida del manantial a los pilones y del segundo a la balsa exterior, aguadero para palomas y pajaritos de nuestro barrio alto, abrevadero para animales en tiempos pasados y punto inicial para el riego de las huertas del pueblo, pequeños campos que se presentan en bancales en la loma de nuestra montaña y, se bañan y nutren con este agua bendita. La bajada natural se aprovecha y las callejas presentan un encaje de tajaderas para que todo quede regado y el agricultor y familia, alimentado. 





















Puedo imaginarme a ellas subiendo por allí con sus baldes llenos de ropa, a diario las que tenía trupe en casa, a veces por las noches cuando los niños dormían y él estaba en casa. Puedo pensar en que todo era mágico, como para mí ahora, pero seguro que cuando llegaban a la escalera de piedra que da a la puerta del lavadero, el cansancio se mostraba como signo de tiempos pasados, donde el esfuerzo era parte de la supervivencia del día a día. Allí, en lo alto, la reunión de tantas y tantas generaba un murmullo incesante. Arrodilladas, al principio y durante siglos, lavaban y hablaban, contaban historias, cotilleos, noticias tristes y alegres que ayudaban a pasar el rato. Las conversaciones serían a veces banales, otras intensas, secretos y pensamientos en voz alta que limpiaban ropa y alma. Seguro que había días de silencio, por algo gordo y triste que hubiera pasado. Seguro que corrían niños, detrás de sus madres, jugando entre las piernas agachadas de esas mujeres que frotaban las prendas sobre las piedras. El lavadero resuena, resuena en femenino por que ellos no lavaban. Resuena por el movimiento del agua, por el movimiento de brazos fregando, de manos estrujando las telas antes de tenderlas en lo alto. Resuena vivencias, resuena sororidad y compañerismo. 



En el antiguo lavadero de Castellote los capazos de mimbre se llenaban de ropa mojada y limpia, que salpicaba alegremente en verano y empapaba tristemente en invierno. Los baldes y barreños, se regalaban en las bodas, y el mimbre dio paso al latón para morir todo en el actual plástico.
Mi casa es parte de esa zona, mi vida de pueblo está ligada a ese lugar que un día fue sitio de encuentro y reencuentro, de secretos y disputas. En mi cruzada hacia la autosuficiencia y sostenibilidad decidí lavar allí la ropa, de no usar lavadora ni jabones comerciales. Duré poco. Sin tener todavía a mis hijos, limpiar la colada me suponía un tiempo largo y tedioso, una manera de escurrir las horas entre camisetas y pantalones. Pronto desistí, entendí la lavadora y la aprecié muchísimo más. Ahora no hay semana que no lave manchas, cosas pequeñas, mantas o manteles... lo que quiera frotar y disfrutar, por que para mí y mis hijos bajar al lavadero es un juego. Cogemos el agua para beber a diario, en su punto, fresquita en verano, atemperada en invierno. Sentimos la historia del lugar en sus piedras, el asombro de los que lo visitan y descubren, el placer de explicar las virtudes de este lugar maravilloso.
 

Ya no se lava arrodillado. Las mejoras de los años sesenta rebajó el suelo para levantar las piletas, construyó un lavabo encima de la balsa exterior y mejoró la calidad postural del que lavaba. Hubo otros cambios pero todo se me pierde en lo que me cuentan unos y otros. Yo he conocido el lavadero actual, después de la reforma del 2008 por la expo del agua de Zaragoza. Me dicen que las piedras donde se frotaba eran muchos mejores, que las de ahora no valen nada, pero las viejas estaban gastadas por los años, por el uso y, el cambio era necesario y a mí me encanta. Me dicen que los palos de tender para escurrir eran más cómodos y accesibles, pero a mí los actuales travesaños de madera me parecen bonitos y geniales. Me dicen que se hacía cola para lavar, que había momentos que te tenías que esperar porque no tenías hueco y que el lunes era el día, que las que cuidaban casas de peluqueras y modistas, subían a lavar coladas ajenas y a charrar entre ellas, para saber quién había estado con quién ese fin de semana y explicar que había pasado en el pueblo... Me dicen que siempre estaba lleno, menos el domingo, que aquí vivía muchísima gente del campo y la mina, del ganado, del esfuerzo diario de toda la familia. Ahora nadie sube al lavadero, vivimos pocos, cada vez menos. Ahora Rita lo visita con turistas y Javier con los niños de los campamentos. En verano, los vecinos que pasan sus vacaciones bajan a buscar agua. El resto de año parece mío, nuestro, integrado en mi momento y en el entorno. Un lugar, que si la sequía y el cambio climático lo permiten, manará agua para la vida durante mucho tiempo, para refrescar al sediento, para regar la huerta y al hambriento...

 


















Doy las gracias a todas las personas que han dedicado algún minuto de su vida en explicarme sus vivencias. Cada vez disfruto más de ello, de las historias humanas y de pueblo. Gracias Carmen la decidida que a sus 95 años me explicó sus recuerdos; a Luisa con su huerto de la parte baja que fue quien me contó que las piletas son las originales y lo único que se hizo fue rebajar el suelo para no tener que arrodillarse; a Rosa por el "si yo te contara" y hablar conmigo sin parar de pasado y presente; a Mari Paz por la foto del año 2000; a Rita por su sonrisa y llevarme hasta su abuela. La historia de las auténticas mujeres rurales no se puede borrar y, mientras pueda, escribiré sobre ello.

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